Sunday, January 25, 2026

Crueldad civilizada

 Crueldad civilizada (traducción al español)

«La gente habla a veces de crueldad bestial, pero eso es una gran injusticia y un insulto para las bestias; una bestia nunca puede ser tan cruel como un hombre, tan artísticamente cruel.»  

— Fiódor Dostoievski, *Los hermanos Karamázov*


Nos gusta llamarnos los únicos seres civilizados de este planeta, como si la palabra fuera en sí misma un escudo moral. Y, sin embargo, la afirmación de Dostoievski de que los seres humanos son «tan artísticamente crueles» no deja de inquietarme: ¿y si la civilización hubiera refinado nuestra crueldad en lugar de curarla? Cuanto más lo pienso, menos puedo equiparar ser civilizado con ser humano en el sentido de ser compasivo.

Cuando miro hacia la historia antigua, aparece un patrón. A medida que los seres humanos aprendieron a fabricar mejores herramientas, almacenar alimentos y modelar su entorno, también aprendieron a acaparar y exhibir. Objetos que ya no eran necesarios para la supervivencia —joyas, prendas suntuosas, con el tiempo palacios enteros— empezaron a marcar distancias entre las personas. Con esa distancia surgió una nueva frialdad: los otros se convirtieron en decorado para la comodidad de alguien, o en materia prima para el esplendor de otro.

La violencia es, por supuesto, más antigua que cualquier ciudad; huesos de mucho antes que los palacios ya muestran heridas y fracturas. Pero algo cambia cuando el poder controla murallas, ejércitos, tesoros y mitos que los justifican. La crueldad se vuelve organizada e incluso estética: el castigo escenificado, la ejecución pública, la humillación cuidadosamente coreografiada que le dice a toda una población cuál es su lugar. Es la crueldad con arquitectos, escribas y contables.

Lo que me inquieta es que sigamos usando «civilizado» como elogio de estos arreglos, como si la escritura, los monumentos y los buenos modales garantizaran una bondad interior. A menudo la superficie pulida no hace más que ocultar capas de miedo y de coerción, a veces interiorizadas como autocontrol, a veces exteriorizadas como ley, cárcel o guerra. El tigre, como señala Dostoievski, «solo desgarra y roe»; no inventa ceremonias de tormento.

Y, sin embargo, amo la cultura. Amo la música, la poesía, la pintura: esos intentos frágiles de decir algo honesto y bello a través del tiempo. Si eso es la civilización, quiero defenderla. Si la civilización es, en cambio, la maquinaria que convierte el excedente en jerarquía y la jerarquía en crueldad «artística», no quiero formar parte de ella. Tal vez nuestra tarea sea separar nuestro amor por la cultura de nuestra reverencia por la civilización, admitir que las bibliotecas y los palacios no pertenecen a la misma categoría moral. Ser verdaderamente civilizado, si la palabra ha de significar algo, quizá no consista en elevarse sobre las bestias en poder, sino en rechazar nuestro talento tan humano para el daño refinado e imaginativo.


Corinne Wesley


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